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Aquel otoño del 68

AQUEL OTOÑO DEL 68
Por Javier Duro

El otoño de 1968 deshizo melancólicamente las ambiciones políticas del joven estudiante de físicas. Después de aquel viaje a Barcelona en verano, el revolucionario había pasado de las arengas comunistas en el Aula Magna a convertirse en tutor de los hijos del Conde de Solís, mientras residía en su exclusivo palacio de la avenida de la Palmera.

Como decíamos, el otoño apagaba los ánimos del estudiante, mudando ambiciones en pasión por una universitaria de ojos azules, hija de un empresario de profundas creencias religiosas y aspecto nórdico. Como todos los sábados, ella citaba a nuestro protagonista puntual a las 10 de la mañana. Y, como todos los sábados de aquel otoño, cuando el estudiante llegaba al inmenso portón de madera que daba paso a aquella casa siempre fría, el padre de la joven lo invitaba a pasar mientras ella se demoraba en aparecer bajando la escalera como una de esas estrellas de cine arrebatadoras.

Aquí las versiones difieren en la cantidad de minutos, e incluso horas, que aprendía a dominar su impaciencia, pero el hecho es que la espera se le hacía eterna. Por eso, el padre tenía siempre aquel gesto de invitarle al salón azul, donde ambos leían las páginas de una revista universitaria que entonces contaba con una corta vida. El empresario, bigote plateado y gafas de pasta negra, entornaba los ojos y miraba al estudiante hojear los artículos, seleccionando aquellos que su indócil mente juzgaba dignos de un intelectual de su talla. Él, a su vez, fijaba su mirada azabache en la figura del padre que, en una liturgia casi germánica, leía las hojas de la primera a la última, y por este orden. No podía más que sonreír para sí mismo. Disfrutaba plácidamente de la compañía silenciosa y cortés de un verdadero caballero, al que con el tiempo llegó a considerar un santo en lo ordinario.

Volvió de nuevo sus cansados ojos a las páginas de aquel ejemplar de otoño del 68, amarillento y desgastado ya por el paso de los años. Cuatro décadas después, cuando hoy espera impaciente que la hermosa mujer aparezca de nuevo en el salón, convertida en una arrebatadora estrella de cine, se sienta en el mismo sillón y lee de la primera a la última letra del número de otoño de 2009 de Nuestro Tiempo.

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